Llegaron a Tokio en una noche de viernes, y mi primer objetivo fue siempre medir cuales eran las fuerzas del equipo. No tardarían en recuperar la sonrisa tras las interminables horas de vuelo, y después de acomodarnos en el hotel, decidí llevármelos a cenar a Kabukicho, en el barrio de Shinjuku. Entre propios y adoptados éramos 35 los que necesitábamos que nos dieran de jalar esa noche, cosa que sorprendentemente conseguimos en pocos minutos. Unas pocas cervezas, izakaya y dormir dos horas fue todo lo que pudimos hacer aquella noche antes de partir hacia nuestro siguiente destino: Kioto.
Nuestra llegada a la antigua capital japonesa no significaba que había llegado el momento del ansiado descanso. Nada más lejos. Dejamos las maletas en nuestro hotel cápsula y nos fuimos con las mismas a recorrer la ciudad. Se cumplían 24 horas desde que habían aterrizado en Japón y teníamos la sensación de que habían llegado en enero. Tras la visita, nos dimos 45 minutos de respiro y quedamos para salir a cenar. Y como esta gente no tenía hartura, pues la cosa acabó de copas hasta bien salida la luna celebrando un cumpleaños, que con los días acabaría por ser gitano.